Ya está otra vez ahí esa algarabía. Como cada año, turbando mi sueño. Logra lo que casi nunca consiguen los comentarios apagados de los visitantes, las carreras de los niños, los chascarrillos de los graciosos, «tonta ella, tonto él…» 

Abro los ojos lentamente, con esfuerzo. No es fácil, amigo, separar tus párpados cuando son de piedra. Miro a mi derecha y ahí está ella. Sigue durmiendo, no tiene el sueño tan liviano como yo.
No es que me importe esta interrupción. Son siglos de siesta, amigo, y al fin y al cabo siento curiosidad por ver en qué se está convirtiendo todo esto.
No es que me importe esta interrupción. Son siglos de siesta, amigo, y al fin y al cabo siento curiosidad por ver en qué se está convirtiendo todo esto.
Me incorporo. También me cuesta pero ya me noto más ligero. Me asomo despacio. Que nadie me vea, reconocerme le podría suponer a alguno un buen susto. Ah, sí. Ahí están, divirtiéndose. Qué curioso que de tanto dolor pueda nacer el festejo. Pero, un momento…, ya no es lo mismo. Algo ha cambiado. Lo noto. Me fijo más en los detalles, veo las caras de la gente, oigo lo que dicen y casi hasta lo que piensan. Respiro este nuevo aire con olores que no conozco. Me resguardo en esquinas que antes no estaban ahí.
No me gusta. No. Definitivamente no me gusta. ¿Qué es esto? ¿Qué tiene que ver conmigo? ¿Y con ella? ¿Y con ambos? ¿Qué vende esta gente? ¿Acaso me venden a mí? O peor aún: ¿es que la están vendiendo a ella? Ah, si tuviera aquí mi espada… No, no... Claro, la espada no. A veces olvido que ha pasado tanto tiempo... Ahora las cosas no son iguales. Ni las personas, por lo que veo. Y es que no reconozco a nadie y, lo que hace un momento me habría parecido más raro: no creo que nadie finalmente me reconozca a mí. Así pues, me muestro. Paseo despacio y miro a los ojos de la gente.
Ellos también me miran, pero está claro que no me ven. No captan mi ira ni mi tristeza. Es evidente: no saben quién soy. A la mayor parte de ellos ni siquiera les preocupa, y otros no han llegado a comprender nada. Madre mía, ahora entiendo lo que debió sentir Nuestro Señor antes de sacar a cintarazos a todos aquellos mercaderes de su templo… Esto no va conmigo. No va con ella. Qué pena.
Regreso. Vuelvo a mi oscuridad templada. Ella sigue durmiendo. No la despertaré. No le diré nada, es mejor así. Seguirá tranquila otros ocho siglos. O los que se tercie. Me dejo caer y tiendo la mano. Tú no notarías nada, amigo. Quizá fueras capaz de percibir la proximidad de la piedra, fría y dura, pero nada más allá ¿O sí? ¿Serías tú capaz de sentirla a ella, o harías como todos estos titiriteros de ahí fuera? Yo sí la siento cerca, ¿sabes?, como debe ser. Y en silencio mucho más. Ah, si no fuera por ese ruido… Shhhhh…. Sigue durmiendo, amada mía. No es nada, no hagas caso. Sólo unos feriantes montando escándalo. Nada que nos importe. Duerme. Duerme. Yo también duermo.









